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Una vez Soldados se negaron a abatir a El Chayo Moreno en Michoacán por que era el que pagaba su nomina, así fue y así paso, aquí lo contamos

Cuando las autodefensas si eran reales y no falsas como ahora, se daban cruentas batallas con los Sicarios de los Caballeros Templarios antes Familia Michoacana.

Una vez Soldados se negaron a abatir a El Chayo Moreno en Michoacán por que era el que pagaba su nomina, así fue y así paso, aquí lo contamos

Muchas veces los soldados venían con ordenes directas del Gobierno Federal y Estatal de no atacar a los lideres de esta organización ya que los dos niveles de gobierno estaban en la nomina del cartel aquí te contamos como les avisaban a los Sicarios para que huyeran antes de que las verdaderas autodefensas llegaran y como en una Narcofiesta los soldados se negaron a atacar a los patrones.

Entrando el mes de agosto, después de consolidado el levantamiento de Coalcomán y habiéndose ya organizado sus bases y cuarteles generales de autodefensas con líderes como nuestro amigo Luis, El Bigotes, Misael González y Felipe Hernández, continuamos con las

reuniones con el coronel Nuphal, responsable del batallón acuartelado en Tepalcatepec, y con el general Patiño, comandante de la 43ª Zona Militar, para planear las estrategias de persecución y destrucción de los campamentos y cuarteles generales de los Templarios acantonados en la sierra de Coalcomán, de quienes ya teníamos la ubicación exacta.

El primer objetivo era atacar el campamento templario de El Tena, ubicado en la punta de la sierra de Coalcomán, quien era el responsable principal de cobrar los secuestros, extorsiones y cuotas, y ordenaba las ejecuciones y asesinatos de Tepalcatepec, Coalcomán y Aguililla, entre otros.

Así que para la siguiente reunión en Tepeque, el general Patiño trajo sus “sábanas” (mapas aéreos de la región) y nosotros llevamos a los leñadores (testigos presenciales de la ubicación de los campamentos templarios) para ubicar coordenadas, vías de acceso y de escape y, lo más importante, seleccionar a

nuestros expertos leñadores, quienes serían los guías para esas futuras excursiones. Quiero señalar que la distancia que separa las ciudades de Tepalcatepec y Coalcomán es de 77 km aproximadamente, por un camino muy sinuoso. Y de Coalcomán a la punta de la sierra rumbo al Resumidero y Dos Aguas son más de tres horas de camino a buen paso de vehículo, por entre las brechas de cerros, barrancas y montes.

Todo eso se explicó al general y al coronel por parte de mi amigo Luis, El Bigotes, pues él y sus hombres eran los más expertos guías y conocedores de toda la sierra, sus escondrijos y recovecos.

Una vez revisada por el general y el coronel toda la información del principal campamento templario y señaladas las vías principales de acceso, así como las coordenadas precisas de su ubicación, pensé que saldríamos de inmediato por ellos. El ejército iría como punta de lanza con nuestros guías y nosotros detrás de ellos

como apoyo. Pero nada. Que nos mandan a descansar y el general me dijo que estuviéramos listos para partir y que él nos mandaría avisar. Conseguimos alojamiento para mi amigo Luis y sus leñadores en Tepalcatepec, pues pensábamos que la llamada sería pronto, pero nada.

A los dos días los leñadores se enfadaron y se fueron para su tierra, Coalcomán, y mi amigo Luis El Bigotes también. —Doctor, tengo la gallina echada —me dijo El Bigotes—. No vaya a ser el diablo y llegue otro gallo y me la pise.

Quedamos de acuerdo para estar en comunicación constante. Repito que Coalcomán está a 77 km de Tepalcatepec y además son puras curvas, por lo que el viaje es de hora y media a dos horas. Y se fueron todos. Para amanecer del quinto día, posteriormente a la programación de esta incursión, me habla el coronel Nuphal a las tres de la madrugada:

—Doctor, tráigase a los guías, sólo despierte a los guías; partimos a las cuatro horas de la madrugada, ya estamos listos. —Mi coronel, los guías no están, no son de Tepeque. —Ocupamos ocho; les caeremos por cuatro puntos diferentes —e insistió—: saldremos a las cuatro horas. Ni modo, como dice un viejo el refrán: “Donde manda capitán, no gobierna marinero”. A esa hora le hablé a mi amigo Luis para que se vinieran de boleto a Tepeque.

Le dije que tenían una hora para llegar y que sólo trajera ocho leñadores. Que no se demoraran, que los esperaría en el cuartel del batallón para repartirlos en las cuatro caravanas. A las 4:00 am salió el señor coronel con todo su batallón de su cuartel provisional en Los Olivos, de Tepalcatepec. —Mi coronel, mis muchachos ya vienen casi llegando al pueblo, deme 15 minutos más.

—Lo siento, la hora militar no es flexible, nos alcanza por el camino. Y sí tenía razón y también sí era posible, tomando en cuenta que los vehículos militares jamás y bajo ninguna circunstancia pueden conducirse a velocidades mayores a 50 km por hora.

En cambio nosotros, por las amargas experiencias ya sufridas en combates anteriores, debíamos pisar el acelerador hasta casi ver que los pistones salieran volando por el cofre. —Una caravana te esperará en Colomotitán —me dijo el coronel—; ellos se irán por los cerros y barrancas que rodean Aguililla con dirección a Coalcomán; les dejas dos guías.

Otra caravana estará en el entronque al pueblo de Taixtán; ellos subirán por el lado del Colomo; le dejas otros dos guías. Otra te esperará pasando Pinolapa; ellos subirán por la barranca de Alonso; les dejas otros dos guías. A mí me alcanzas por la barranca en el puente de la Cruz; ahí te espero con los más fregones que tengas.

—Así se hará, mi coronel. Retirándose él con las tropas me habló El Bigotes, que ya estaban entrando a Tepeque. Sólo le contesté: —Lleguen hasta la glorieta de Las Américas, por la Comisión del Balsas-Tepalcatepec; ahí me esperan. Al llegar les pregunté que si no se habían topado con el ejército y la respuesta fue que no se habían encontrado con nadie, por lo que de inmediato supuse que se habrían ido por el libramiento.

En menos de cinco minutos les transmití las instrucciones tal como acordamos con el coronel. Le pregunté a Luis si su camioneta traía doble tracción y buenas llantas, lo que contestó afirmativamente y que además traía el tanque lleno de gasolina.

Pero por la premura del tiempo nadie previno el alimento de una jornada que duraría de tres a cinco días, dependiendo de la resistencia que encontrarían por el camino. Pero recordé mis tiempos de maniobras

maniobras militares y con ello supe que el ejército, cuando sale a campaña, primero olvida a sus generales que sus alimentos. De todos modos le dije que consiguieran algo por el camino por si se ponían duras las cosas en la sierra. —Síganme… —le dije a El Bigotes.

Afortunadamente, al llegar a Colomotitán ya estaba ahí la primera caravana esperando, y mientras el comandante revisaba la ruta por la que se iría junto con los guías asignados, Luis compró agua, refrescos, frituras y botanas para los ocho guías y para él. De ahí partimos hasta la desviación a Taixtán y se repitió la operación con los guías. Yo llegué con El Bigotes y sus hombres hasta pasando Pinolapa.

Ahí sólo estaba el Jeep del comandante de esa caravana esperando a los guías, quienes se habían adelantado un poco entre el monte porque ya era zona hostil, pues por ahí era uno de los principales bajaderos de la sierra de Coalcomán hacia Tepalcatepec. De ahí me despedí de mi amigo

Luis y le dije que el coronel con su caravana lo esperaría en el puente de la Cruz. Yo me regresé con mi amigo y comandante de la Base 1, el jefe Tilín, con el entendido de que todos en Tepeque estaríamos en alerta máxima por si se les escapaban y/o regresaban a nuestra región.

A los tres días por la tarde llegó El Bigotes con sus leñadores. Todos cansados, hambrientos y además superenojados; todos decían lo mismo. Sólo fue una pérdida total de tiempo, pura operación “teatro” al muy puro y tradicional estilo militar. Los guías me dieron su informe con muy pocas palabras. Las tres primeras caravanas se juntaron por el lado oeste de El Limón, de Aguililla, y de ahí se fueron todos juntos siguiendo una ruta marcada en sus mapas, sin hacerle caso a los guías.

La cuarta caravana llegó primero al campamento templario y ahí se reunieron las otras tres, pero no encontraron a nadie. Me dijo mi amigo Luis:

—Doctor, hallamos todas las cabañas bien barridas, arregladas y recién regaditas (se riegan las casas de los ranchos para no levantar polvo cuando las barren), pero sin habitantes, ni vehículos. Nosotros les señalamos otros dos puntos cercanos de ahí para que fuéramos a buscarlos y no quisieron moverse, que ésas eran sus órdenes… Como que alguien les avisó con tiempo y tuvieron tiempo de evacuar todo, hasta el ganado y muebles. Uno de los leñadores informó que él personalmente había visto más de 200 cabezas de ganado en ese campamento todavía siete días antes.

Después de que quemaron todo el campamento, regresaron todos a Tepeque. Tres días de marcha y todo fue un operativo fallido. —Mi coronel —le dije—, yo pienso que cuando hallemos otro campamento de sicarios no se debe tardar tanto tiempo para salir a buscarlos, porque así nunca vamos a terminar con

ellos como lo acordamos con el general. ¿Cómo ve usted? —Doctor, yo sólo recibo órdenes y las acato. —No se preocupe, mi coronel, yo seguiré informándoles dónde se detectan los campamentos de los sicarios y mientras usted toma las decisiones correctas, nosotros nos les iremos acercando como Dios nos dé a entender, a ver de a cómo nos toca.

Les seguía informando dónde tendrían un bautizo el siguiente fin de semana, dónde jugarían carreras de caballos, dónde sería la fiesta de cumpleaños de El Chayo. Pero nada.

Sólo una vez más le puse guías al general Patiño para caerles a una gran fiesta con carreras de caballos y peleas de gallos, en la que estarían reunidas las cabezas grandes del crimen organizado: Nazario Moreno, El Chayo; Enrique Plancarte, El Kike; y Servando Gómez, La Tuta. Lo manejamos lo más discreto posible junto con los altos mandos del ejército. Se llevaron a mis

guías los leñadores; les reconocieron el rancho físicamente. En persona, identificaron al líder principal cuando iba llegando al rancho donde sería la fiesta. Llegó en una camioneta grande, con una reja enjaulada en la caja de la camioneta y en ella un gran tigre pinto rayado.

Era El Chayo vivo. Cuando mis leñadores les dijeron a los soldados que ése era El Chayo, sólo se dijeron unos a otros: —Nos dijeron los jefes que no debemos matar a la gallina de los huevos de oro.

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Que no debemos dispararles a quienes nos pagan. En medio de esa fiesta, nuestros leñadores desaparecieron.   A dos todavía los tenemos escondidos; de los demás, simplemente no se sabe nada.