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La historia del Cochiloco, era muy maldito, pero también prestaba su helicóptero a niños enfermos

Un cuerpo despedazado en el noticiero edición especial de 24 horas, el 9 de octubre del 91 era uno de los narcotraficantes más buscados por la justicia de México y de Estados Unidos.

La historia del Cochiloco, era muy maldito, pero también prestaba su helicóptero a niños enfermos

Se trataba de  Manuel Salcido Uzeta,(a)  “El Cochiloco”, fue asesinado por un grupo armado no identificado, en Guadalajara. La información, que fue divulgada por la Procuraduría estatal, dijo que El Cochiloco era el último cabecilla prófugo del llamado Cartel de Guadalajara.

El Cartel de Guadalajara estaba  integrado principalmente por Miguel Angel Félix Gallardo, Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca, confinados en ese entonces en cárceles de México, Salcido Uzeta era el enlace con los grupos mafiosos de Colombia.  En diversas informaciones divulgadas por la DEA, El Cochiloco fue señalado como uno de los socios más cercanos de Pablo Escobar en México.

La celada contra Salcido ocurrió el 9 de octubre, reporto la prensa metropolitana ese dia relatando que el vehículo en que viajaba fue interceptado en una esquina por otros dos de los que descendieron ocho hombres armados con rifles R-15 y AK-47 y comenzaron a disparar sobre el narcotraficante y sus dos acompañantes.

Salcido bajó granada en mano pero no alcanzó a activarla y cayó acribillado, blanco de 70 balazos, al igual que Juan Saucedo, que recibió 30 impactos. Una mujer que viajaba con ellos, sobrevivió al ataque, pero fue herida gravemente.

El enfrentamiento ocurrió en pleno centro de Guadalajara en la que Salcido vivía desde hace unos tres años, tras abandonar el estado de Sinaloa, después de un tiroteo con la Policía en el que murió uno de sus hermanos. En este entonces, el capo fue el único que sobrevivió.

Manuel Salcido Uzeta tuvo una muerte violenta como su vida misma,  fue acribillado en una colonia residencial de Zapopán. La operación de costumbre: una emboscada y un rosario de balas -entre 50 y 96, los periódicos sinaloenses nunca se ponen de acuerdo-. Ninguna pista sobre los verdugos, sólo un certificado de buena conducta: la hija de Salcido Uzeta viajaba en la misma camioneta dodge… y salió con vida. Es obvio que los ocho ejecutores conocían el significado de lo abominable.

Manuel Salcido fue un maestro incuestionable del disfraz. Justamente odiado por sus enemigos, que le dieron más fama de la que él podía desear, Salcido traspasó la muerte cuantas veces quiso. No la evitó, simplemente la atravesó, tomando muchas salidas ocultas, muchos atajos, y cambiando de nombre a un ritmo desconcertante.

Uno no puede por menos que preguntarse cuántas veces desayunó con la muerte, cuántas veces a un cadáver lleno de orificios de bala se le colgó su nombre. Salcido Uzeta era una figura inverosímil a quien las policías del país señalaban como un hombre peligroso justamente porque estaba preparado para representar al dedillo su inexistencia. Tratándose de él, nada poseía su forma convencional. Es cierto, mataba riéndose pero también lo es que se le atribuyeron numerosas obras de asistencia social. Incluso sus partes oscuras parecen luminosas.

Le decían El Cochiloco y apenas alcanzaba el 1.70 de estatura, le decían El Cochiloco y rengueba por una herida de R-15, le decían El Cochiloco y prestaba su helicóptero para trasladar al hospital a cualquier niño enfermo. Lo que se le daba mejor era esta ubicuidad: nunca sabía uno con quién se las estaba viendo.

¿Un enano con un sobrenombre tan… descomunal, tan… convincente? Una manera tan buena como cualquier otra de captar la lógica del narco sinaloense es echar un vistazo a estas hipérboles. Como tantos otros, El Cochiloco escribió su biografía a fuerza de corridos laudatorios, a fuerza de propagandistas y consumidores parciales. La sola invulnerabilidad no es ninguna ventaja: se supone que las virtudes compradas funcionan mejor si no estás en condiciones de responder personalmente por ellas. Haz lo tuyo y deja que los demás se encarguen de su leyenda.

Esto se cuenta: que debía más de 75 asesinatos: que le apasionaban los palenques; que su mayor orgullo eran sus gallos; que se hacía pasar por bandido generoso; que no era uno sino muchos hombres, todos representando su papel y todos muriendo sin que el verdadero fuera alcanzado; que nunca existió.

El Cochiloco era necrófilo: le encantaba matar. Era muy maldito, pero también blanco, elegante y rengo por un balazo que le pegaron en una pierna en su tierra, San Ignacio. Así lo recuerda Dámaso N. También le decían El gallo de San Juan, por la comunidad dónde nació, aunque su nombre oficial era Manuel Salcido Uzeta, a quien en el argot policiaco se le conoció como comandante Martínez.

Dámaso, cercano colaborador de Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca, Miguel Ángel Félix Gallardo y el mismo Cochiloco, recuerda la forma de ser del sanguinario capo y gatillero. La muerte de El Cochiloco está relacionada con el homicidio de El chapo Caro, primo de Rafael Caro Quintero, y de Pedro Avilés, a quien Salcido le hizo una promesa que cumplió cabalmente. “La muerte de El chapo Caro fue a consecuencia de un hurto, fíjate. Sucede que en Colima, por ahí vivía El Cochiloco en aquel entonces, cayó un barco que creo que se llamaba Chingorazo, que traía ocho toneladas de coca”

Entre Manuel Salcido, un hijo de don Lalo Fernández, y su socio y amigo, Chapo Caro, agregó, se robaron cuatro de las ocho toneladas de cocaína que transportaba aquel barco, cuyo destino era Baja California.“Ellos se robaron la droga y dejaron que el barco se llevará el resto a su destino, creo que Ensenada, Baja California, y a los tres les dieron piso por esto”.Dámaso N echa a andar la maquinaria de la memoria. Aceita los engranes, ajusta los tornillos, para que no se filtre la desmemoria y fluyan los recuerdos. “Tú has de saber que en Colombia se prepara a suicidas desde niños ¿sabes?, porque eso de el chapo Caro vino de Colombia. Y lo de El Cochiloco también”, insistió. El chapo Caro fue asesinado a tiros cuando transitaba en una camioneta por la calle Nicolás Bravo, en Culiacán, rumbo a Cañadas. Fue a principios de la década de los ochenta. La unidad en que iba la víctima quedó incendiada y destrozada a tiros.

– Se decía que le habían aventado granadas a la cabina de la camioneta.– Después de que lo carraquearon, lo incendiaron, le echaron bombas de lumbre (caseras) para borrarlo todo, pero fue consecuencia de ese barco Chingorazo que cayó en colima. Se manejó mucho esa versión y al Cochi lo anduvieron pastoreando como dos o tres años y lo chingó un motociclista de esos suicidas colombianos, en Guadalajara, junto con un teniente del ejército que andaba con él. Iban en carro, por la (Adolfo) López Mateos, por ahí antes de llegar a El Tucán, que era un restaurante y centro nocturno propiedad de Miguel Ángel Félix Gallardo. Un tipazo ese cabrón, dueño de una mente chingonométrica. Y sí, es cierto, el Cochiloco era muy maldito, pero también lo eran sus hermanos, más nuevos, y Gabino, les decían los cochitos. A Gabino lo mataron en Mazatlán los del Ejército y hasta lo caparon. Dámaso reconstruye la última vez que vio a Manuel Salcido, en un restaurante, en Guadalajara. Era el comandante Martínez, al frente de un operativo de revisión, rodeado de hombres armados y apoyado por efectivos de corporaciones policiacas y del Ejército Mexicano.

– Y alguna vez lo viste matar. – Lo que te puedo decir es que él vengó a Pedro Avilés. Juró en su sepelio que lo iba a vengar. Y lo hizo. A Avilés lo mataron “por puras envidias”. Era un jefe, jefazo, volaba para serlo. Era valiente y le daba dinero al gobierno con tal de que no lo molestaran. “Una persona de apellido Alcalá era jefe de grupo de la policía federal y Pedrito le dio 20 mil pesos, porque él cooperaba mucho con el gobierno para que lo dejaran trabajar. Pedro era muy recio, capo grande, y ahí en la mafia también hay envidias”, recordó. Y fue el mismo Alcalá el que se encargó de asesinarlo. En Tepuche, cuando iba a Aguacalientita, lo detuvo la federal y fue en una zona conocida como la i griega, donde los abatieron a tiros junto con otras tres personas. “Eso fue lo que no le cayó al Cochiloco. Era una muerte tan gacha. Los habían matado como perros, después de desarmarlos”.

Por eso El Cochiloco, habiendo jurado vengar la muerte de Pedro Avilés, se trasladó a Michoacán acompañado por un grupo de hombres. Allá tumbó a El huarache, un acople, balcón de la policía federal. Y el siguiente fue Alcalá, porque él tuvo qué ver en la muerte de Avilés. El grupo de sicarios se trasladó a Colima, donde El Cochiloco tenía una casa de “mantenimiento”, y luego a Guadalajara, ya que ahí Alcalá tenía una fábrica de bloques. Justo cuando intentaba abrir su carro, un Lebarón llegó hasta el jefe policíaco, el Cochiloco le disparó con un fusil FAL. “Y ya que lo tumbó se bajó, se hincó y lloró. Levantó el rifle en señal de triunfo y gritó ‘¡este es el otro que te prometí Pedrito!, ¡Ya cumplí!, ¡Ya no tengo compromisos, no me vayas a mandar un duende desde allá donde andas!’”.

El Cochiloco, Manuel Salcido, comandante Martínez. El mismo, todos y nadie. Se le atribuyeron más de 75 muertes. Le gustaban los palenques y lo mismo se le señalaba como bandido generoso que como matón sanguinario y extremadamente violento. Hay quien dice que como Pedro Infante y Amado Carrillo, él está vivo y les sigue llevando la tambora a los de San Juan, su tierra.

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Si en vida se contaba que tenía una persona que se parecía mucho a él y que la hacía de su doble, ahora se cuenta que no ha muerto. Que no murió ni con los más de cincuenta balazos que dicen que recibió, aquel 9 de octubre de 1991.