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Historia de Javier Torres Félix, el famoso «JT» uno de lo mas violeto sicarios del Cartel de Sinaloa

Culiacán, Sinaloa.- Javier Torres Félix, el famoso «JT», quien fuera uno de los líderes de sicarios más cercanos a la cúpula del Cártel de Sinaloa sigue preso en México.

Historia de Javier Torres Félix, el famoso JT uno de lo mas violeto sicarios del Cartel de Sinaloa

Tras haber sido deportado de Estados Unidos al concluir un proceso judicial por el delito de narcotráfico tras haber sido arrestado en 2004, en el residencial Colinas de San Miguel en esta ciudad.  Su captura no impidió que el resto de su familia siguiera sus pasos, haciéndose fama a ‘plomo y sangre’.

El Limoncito. En 2001, un tío del «JT» fue acribillado junto con varias personas en la comunidad de El Limoncito de Alayá, Cosalá. Para Javier Torres, ese fue un duro golpe, pues fue culpado por la muerte de inocentes. Años después, su hijo, Joel Torres, burló a la muerte no en una, sino en tres ocasiones, tras haber sobrevivido a severos ataques a balazos.

La muerte del «Tachío». Una de las tragedias que también ha enlutecido a la familia Torres Félix, fue el asesinato de Atanasio Torres Acosta, «El Tachío» o «El M4», ocurrido el 19 de abril del 2008, cuando junto con su esposa y una menor fueron ‘rafagueados’ en el fraccionamiento Montebello.

El «M4» era hijo del también extinto Manuel Torres Félix, «El Ondeado», quien fuera abatido por militares en la comunidad de Oso Viejo, Quilá, el 13 de octubre del 2012.

Otros miembros de la familia que también han fallecido han sido Raúl Meza Torres, «El Mini 6» y Francisco Torres, apodado «El 50».  Este último murió tras un enfrentamiento contra fuerzas federales y del estado en la colonia El Vallado a mediados del 2013, cuando se encontraba junto con más sujetos en una casa de seguridad.

De esta forma, la dinastía Torres Félix ha quedado marcada por la violencia y por el correr de la sangre.

El asunto de los espías del cártel de Juárez detonó el 19 de octubre de 2001, cuando una patrulla del ejército circulaba por un camino de terracería en el municipio de Cosalá, Sinaloa.

Los soldados observaron dos camionetas, una Suburban roja y GM negra granito, ambas con vidrios polarizados. Las siguieron y en segundos el seguimiento se hizo persecución. Quienes llevaban las camionetas frenaron en seco, las abandonaron y huyeron a pie.

Los militares revisaron los vehículos y encontraron 60 mil 400 dólares y 34 mil 400 pesos. También un anillo de oro blanco con nueve incrustaciones de piedras preciosas, una pulsera de oro de 14 quilates, dos bolsas con 34 gramos de cocaína y nueve estuches para el polvo o periqueras. Además, tres cuernos de chivo, una pistola Colt con las cachas grabadas con figuras de tiburones y cientos de balas, siete teléfonos celulares y uno satelital. Y, finalmente, documentos a nombre de Jerónimo López Landeros.

La camioneta negra granito, que resultó blindada, era propiedad de Javier Torres Félix. Su esposa se presentó al Ministerio Público para reclamar la devolución del vehículo y aseguró que su marido era agricultor y ganadero.

Torres Félix era un viejo conocido de la policía. En la tierra de El Mayo se le tenía como su lugarteniente y sólo fue asunto de revisar los expedientes.

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A finales de mayo de 1997 Torres Félix fue detenido en Cancún, Quintana Roo, con otros tres traficantes y 380 kilos de coca empaquetada en plástico transparente y hule amarillo. Sin embargo, Torres Félix resultó absuelto, salió de prisión al año y reanudó la operación para los Carrillo Fuentes en un momento en que, debe quedar claro, personajes hoy identificados plenamente en el bando de Sinaloa mantenían operación para Juárez.

Esto, antes de dos hechos fundamentales para el presente del narco mexicano: la muerte de Amado Carrillo y la fuga de Joaquín Guzmán Loera, con quien luego se alinearía El Mayo Zambada y Juan José Esparragoza Moreno, El Azul, entre otros.

Como con cualquier trabajo, una de las ventajas de ser un narco viejo es ir y venir por los cárteles con una gruesa agenda de contactos en el bolsillo.


Vale la pena comentar, al menos de manera resumida, el perfil de Javier Torres Félix, uno de los más reputados sicarios al servicio de los capos de Sinaloa, incluso antes de la existencia del cártel propiamente establecido. Por eso y porque era el hombre sentado a la derecha de El Mayo.

Segundo de cinco hermanos, El JT nació el 19 de octubre de 1960. Abandonó la escuela en el segundo año de primaria y más o menos por ese tiempo comenzó a trabajar en el campo. A los 17 años ya inhalaba de la cocaína que luego vendería por toneladas. Como todos los narcotraficantes sinaloenses de la época se presentaría como agricultor y ganadero.

En 1984, a sus 24 años de edad fue aprehendido en Sinaloa por el rapto de su novia. Meses después quedó en libertad.

Seis años más tarde ya estaba formalmente instalado en el narcotráfico. Según la indagatoria de la Procuraduría General de la República (PGR), en 1990 era el operador de Manuel Salcido, El Cochiloco, colocado en la segunda línea de mando del ya extinguido Cártel de Guadalajara, liderado por Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca y Miguel Ángel Félix Gallardo.

En junio de 1990 El JT fue detenido por el Ejército en Mazatlán, Sinaloa, en posesión de más de 800 kilos de marihuana y cuatro rifles AK-47, por segunda vez fue encarcelado. Un año después quedó en libertad.

Desde 1992 la DEA lo ubicaba ya como lugarteniente de El Mayo Zambada.

Volvió a prisión en 2005. Fue internado en el Reclusorio Norte, la misma cárcel que años antes albergara a Caro y a Don Neto. Ahí coincidió con José Alberto Márquez Esqueda, El Bat, exjefe de sicarios del Cártel de Tijuana y enemigo suyo a muerte. La cercanía de ambos ocasionaba la inmediata sensación de muerte.

El JT compartió dormitorio con Carlos Ahumada Kurtz, el empresario que destapó los videoescándalos. En una ocasión, durante un carcelazo o depresión relacionada con el encarcelamiento, Ahumada lloraba de manera desconsolada.

–Ya, cabrón, no llores –decía el sicario en cuclillas frente un anafre en el que cocinaba. Visto en esa posición quedaban al descubierto las cicatrices en la coronilla por el implante de cabello que se hizo.

Pero el complotista de Andrés Manuel López Obrador no podía contener el llanto.

–Mira, tranquilo, te hice una quesadilla –extendió El JT la tortilla doblada con queso adentro.

Curioso detalle proveniente de un hombre cuya personalidad le fue advertida a su juez:

“Esquizo-paranoide con características antisociales: sujeto impulsivo con conflictos con la figura de autoridad, suspicaz, manipulador, racionalista y egocéntrico. No aprovecha la experiencia siendo híper vigilante [sic] ante cualquier amenaza percibida manejando ideas megalómanas de logro y realización personal con los que encubre sentimientos de minusvalía”.


En junio 2001, los agentes de la Federal de Investigación que siguieron el caso y dieron fe de los objetos encontrados en las camionetas de Cosalá reportaron otras cantidades de dinero: 70 mil 400 pesos y 20 mil dólares.

Reiteraron que entre los documentos encontrados había una licencia de conducir a nombre de Jerónimo López Landeros, cuya fotografía era, en realidad, la imagen de El Mayo Zambada.

No fue el único papel con el pseudónimo del Mayo.

Se encontró una tarjeta blanca enmicada impresa con la oración “H. Ayuntamiento del municipio de Durango 1998-2001” y un escudo. Tenía escrito a máquina:

“El portador de la presente, Ing. Agrónomo Jerónimo López L me ha sido recomendado ampliamente, por lo que pido a los elementos de la dirección de Seguridad Pública de Vialidad que, en caso de cualquier incidente en que se vea involucrado, antes de proceder en su contra, se comuniquen con el suscrito”. Lic. Raúl Obregón A. [director general de la Policía Judicial del estado], una firma ilegible, un sello en color azul y en la parte inferior un lema: “Durango, tarea de todos”.


Otro hallazgo importante fue el de los teléfonos celulares, propiedad de Javier Torres Félix, el segundo de El Mayo Zambada en ese momento.

Uno de los números mantenía comunicación con otro a nombre de Karla María Monge Corral, con domicilio en apartado postal 28, Culiacán, Sinaloa, propiedad del gobierno del estado de Sinaloa.

Desde este teléfono, a su vez, se establecía contacto frecuente con un teléfono fijo registrado a nombre de María Teresa Zambada Niebla, hija de El Mayo, en la colonia Colinas de San Miguel, en Culiacán.

También por las conexiones telefónicas se ubicó otra casa en Las Quintas, misma ciudad, a nombre de Miriam Patricia Zambada Niebla y Mónica del Rosario Zambada Niebla. Los policías vigilaron, preguntaron a los vecinos y pronto apareció el nombre Ismael Zambada Niebla, El Vicentillo.

En esta casa había alrededor de 15 vigilantes y desfile permanente de las Suburban, las Gran Cherokee y las Cheyenne sin placas, nunca detenidas por los retenes semifijos de la Policía Ministerial, la Policía Estatal Preventiva y Policía Intermunicipal.

Todas las residencias quedaron bajo vigilancia. Los agentes anotaron:

“El 3 de junio de 2002 arribó un convoy de las Bases de Operaciones Mixtas Urbanas, así como un vehículo Hummer del ejército mexicano y cuatro patrullas de la Policía Ministerial, Estatal y Preventiva. Del domicilio salió un hombre de 28 años y 1.75 metros. Moreno claro, complexión regular y cabello corto. Platicó con los elementos y luego regresó a la casa. La patrulla se fue”.

También se vigiló al menos una casa a la que vieron llegar, en una Ford Lobo Harley, a Édgar Guzmán López, hijo de El Chapo Guzmán. Se le siguió al Tec de Monterrey, unidad noroeste, en donde estudiaba.

Los mismos teléfonos incautados dejaron bien clara la relación entre El Mayo Zambada y El Chapo Guzmán. Las llamadas de uno de esos aparatos conectaban con Griselda López Pérez, entonces esposa de El Chapo y socia de un restaurante de comida china en la calle Álvaro Obregón del centro de Culiacán.

Los federales siguieron las pistas de los teléfonos. Encontraron uno más en la colonia Las Flores, en Ciudad Lerdo, Durango. Pero esta línea estaba desviada a otra casa en la misma ciudad a donde llegaba un hombre al que todos reverenciaban y llamaban El General.

Otros teléfonos registraban comunicación con varias casas de Culiacán y la empresa Nueva Industria de Ganaderos de Culiacán, con domicilios en Carretera Internacional Norte 1207, Venadillo, Mazatlán, cuya principal accionista es Rosario Niebla Cardoza, exesposa de El Mayo Zambada.

La señora Ana María Zambada García –hermana de El Mayo– registra comunicación con el número telefónico perteneciente a Karla María Monge y, a su vez, éste con el que está a nombre de José Luis Castro Soto, personas que registra comunicación con el ingeniero Domingo Silva Monter”.

El ingeniero Silva sería pieza clave en la investigación para desarticular a los infiltrados. Silva vendía equipo de comunicación e intercepción de llamadas directamente al cuerpo de seguridad de El Mayo. A la vez tenía relación con la célula de contrainteligencia compuesta por militares y exmilitares subordinados al Chaky.

Tras los seguimientos que se hicieron de los teléfonos de Torres Félix y las casas con que mantenían comunicación, la policía federal dibujó la red completa.

La descripción del hombre de 28 años coincidía con la de El Vicentillo, primogénito de El Mayo, cuya primera esposa e hijas fueron ubicadas perfectamente de manera física en ese momento y luego ubicadas por agencias mexicanas y estadunidenses como principales lavadoras de dinero del capo sinaloense. Estaba dada la posibilidad de capturar a familiares de El Chapo presuntamente participantes de sus actividades ilegales.