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Así eran las narco-fiestas de Arturo Beltrán Leyva, apodado El Jefe de Jefes de los Beltrán Leyva

Le gustaba que le llamaran Jefe de Jefes, como la popular canción de Los Tigres del Norte. Y como tal murió con las armas en la mano, junto a seis de sus pistoleros.

Así eran las narco-fiestas de Arturo Beltrán Leyva, apodado El Jefe de Jefes de los Beltrán Leyva

Tras una cacería de seis días por los estados de Puebla y Morelos. Arturo Beltrán Leyva, apodado El Barbas , uno de los narcotraficantes más poderosos del mundo, fue abatido en Cuernavaca tras un tiroteo de cinco horas con centenares de infantes de Marina.  El capo murió en el día más sangriento que ha sufrido México desde que Felipe Calderón asumió el poder.

64 personas fallecieron el miércoles por violencia ligada a las mafias de la droga. En lo que va de año, se han registrado 7.300 muertos. En esta guerra contra el narcotráfico, las víctimas no cesaban de aumentar pese al despliegue de más de 35.000 soldados.  La caída de Beltrán Leyva supone un notable éxito para el presidente mexicano, es el mayor golpe que ha dado el Gobierno federal en más de tres años de guerra contra el narcotráfico.

Hasta ahora se capturaban lugartenientes pero no se llegaba a los peces gordos. Beltrán Leyva era señalado como uno de los tres capos más peligrosos y sanguinarios de México, responsable de la ola de violencia que sufre el norte y centro del país. México ofreció una recompensa de millón y medio de euros, EE.UU. otros tantos. Según la agencia norteamericana antinarcóticos DEA, era el narco de todo el continente americano que manejaba mayor cantidad de cocaína gracias a ser cliente e intermediario de todas las organizaciones criminales colombianas, incluidas las guerrillas de las FARC y los paramilitares de las AUC.

Marcos Arturo Beltrán Leyva, apodado El Barbas, El Botas Blancas, El Conejito, El Alfa, era el mayor de un clan de nueve hermanos que tras la escisión que sufrió el Cártel de Sinaloa, se convirtió en uno de los capos más violentos de la década. Según el diario Reforma, la familia de Beltrán está involucrada desde hace más de medio siglo en siembra y tráfico de goma de opio. El Barbas fue capaz de aliar a Los Zetas (brazo armado del cártel del Golfo) con el cártel de Juárez. Siempre lograba escapar de los operativos de captura gracias a que logró infiltrar la fiscalía y los ministerios de Defensa y Seguridad Pública.

Desde Estocolmo, el presidente Calderón consideró la muerte del narcotraficante como “un golpe contundente a una de las más peligrosas bandas criminales de México y del continente americano”. Tras informar que dos infantes de Marina resultaron heridos en el tiroteo y un tercero falleció, el mandatario resaltó que “el Gobierno mexicano enfrenta con firmeza a la delincuencia organizada en todo el territorio. Nuestro objetivo es hacer que la justicia legítima del Estado de Derecho prevalezca sobre la acción violenta y arbitraria de los criminales”.

El operativo para capturar a Beltrán Leyva se planeó con sigilo total para evitar filtraciones y nuevos fracasos. Los militares llegaron por tierra y por aire con el fin de impedir que el mafioso volviera a escapar. Mientras 400 marines rodeaban la lujosa zona residencial de cinco torres de doce pisos en que se escondía el capo, decenas de efectivos de las fuerzas especiales de la Armada bajaron con sogas desde los helicópteros que sobrevolaban la urbanización. De inmediato comenzaron a registrar los apartamentos en busca de armas y narcotraficantes. Los asustados vecinos fueron trasladados a un gimnasio. Las calles adyacentes y las salidas de Cuernavaca estaban controladas por soldados del Ejército. La ciudad quedó semicercada.

Pronto comenzaron a sonar disparos, primero aislados luego más frecuentes. Se reforzó el cerco militar mientras los pistoleros lanzaban granadas. El traqueteo de las ametralladoras y las explosiones se escuchaban por toda la ciudad. Durante el enfrentamiento murieron cinco sicarios, un sexto se suicidó al verse rodeado.

Arturo Beltrán fue localizado gracias a una operación de inteligencia que se inició en Puebla y luego prosiguió en Morelos al tenerse información de que el capo asistiría a una fiesta prenavideña en la vecina población de Tepoztlán. El capo logró escapar en un primer intento de captura, en el que perdieron la vida tres de sus sicarios y otros once fueron detenidos. El operativo tuvo gran repercusión por la aprehensión de la estrella de la música grupera Ramón Ayala y su grupo Los Bravos del Norte, al igual que Lupe Tijerina y Los Cadetes de Linares, y el conjunto Torrente Musical, que amenizaban la velada.

La última fiesta del Jefe de Jefes, La narcoposada de Arturo Beltran Leyva

Vestía un traje color shedrón, camisa clara y corbata roja, colgaban de su cuello un crucifijo de oro de 10 centímetros de largo y sus collares de bolitas color vino que lo identificaban como creyente de la santería.

En cada mano presumía un anillo dorado y del lado derecho de su cintura una pistola escuadra con cachas de oro.

Los testigos aseguran que aquella noche oyeron a Edgar Valdés Villarreal «La Barbie», decirle «Tío», que Sergio Villarreal «El Grande» se dirigía a este hombre como «Apá» y que «El Flaco», un aprendizde narcotraficante, no podía dejar de referirse a él como «Padrino». Para todos los demás era «El señor» o simplemente «El Patrón».

Arturo Beltrán Leyva apareció la noche del 10 de diciembre de 2009 en la posada que ofreció a sus allegados en su finca de Cuernavaca, sentado en un sillón que le habían colocado como un trono, en medio de la sala.

Estaba detrás de una mesa de centro, a un lado tenía su AK-47 bañada en oro y del otro a Osmayda Nalleli Casarrubias, la mujer que más lo procuraba en su salud; en los flancos aparecían como centinelas «La Barbie», vestido con un traje sastre azul marino, y «El Grande», con mezclilla, camisa gris a cuadros, gorra beisbolera y una AK-47 colgada al hombro.

Los Cadetes de Linares, Ramón Ayala y sus Bravos del Norte y al final Torrente, hacían fila en un pasillo para esperar el turno de tocar en una improvisada pista, colocada frente al capo.

Ninguno estaba allí por menos de 40 mil pesos de contrato.

«Teníamos que tocar en un área de aproximadamente 2 o 3 metros, ya que el espacio estaba muy reducido, considerando que era la esquina de la sala en donde estaba la gente de la fiesta», recuerda José Carlos Salinas, vocalista de Torrente, en un testimonio del 12 de diciembre en la SIEDO.

En la sala había cuatro sillones, uno para Beltrán y el resto para las muchachas traídas deAcapulco, y un comedor contiguo con una mesa de seis sillas daba a unos ventanales con vistas al jardín con alberca. Todo en un terreno de aproximadamente 30 por 60 metros.

Esa noche había un asador en el jardín con una mesa al costado, donde tomaba los cortes Atanasio Reyes Vizcarra, el chef de cabecera de Beltrán Leyva desde hace ocho años, a quien cobraba 2 mil dólares por prepararle comidas para «eventos especiales», como el de esa noche.

«Estuvieron comiendo taquitos de carne asada y cerveza, también había whisky y tequila», relató Antonio Ruiz González «El Tony», uno de los ayudantes de cocina, en la averiguación PGR/SIEDO/UEITA/168/2009.

El organizador de la posada previó todo para el convite.

«Estaban cerca de mí otras personas que… se estaban periqueando con cocaína y con señas me ofrecieron y me pasaron un taponcito de una pluma y le di dos jalones a la cocaína que me dieron, misma que no raspaba la garganta y más tarde le di otro pasón a la cocaína», dice «El Leo», el recién llegado de Ciudad Obregón.

* * *

Las primeras 7 acapulqueñas, de las 24 que estarían en la fiesta, llegaron alrededor de las 21:00 horas y fueron recibidas con amabilidad por «El Barbas», según recuerda Edith Juárez, en su declaración del 13 de diciembre.

«Se levantó cuando estábamos frente a él y nos saludó a cada una de beso», cuenta.

Pero cuando el whisky ya hacía sus estragos, el trato cortés quedó para mejor momento.

«Nos dijo ‘bienvenidas’ y empezó a manosearnos, nos dijo que nos quitáramos la ropa, quedando en ropa interior, bailamos un rato, los que estaban allí le decían ‘Jefe’ o ‘Señor'», recuerda Lizeth Lobato, quien llegó más tarde.

Osmayda Nalleli Casarrubias, quizá de las pocas que esa noche escuchó de cerca a Beltrán, testimonió que el capo en algún momento de la fiesta musitó a «La Barbie» su preocupación por elavance de Joaquín «El Chapo» Guzmán en Puebla.

«Alcancé a escuchar que le comentaba ‘está entrando gente del ‘Chapo’ y del ‘Mayo’ y ya compraron a la Policía de Puebla y los militares’, y luego dijo el muchacho guapo ‘déjalos que traten de entrar a Cuernavaca, yo mismo voy por ellos'», contó.

Al frente, no perdía detalle Guadalupe Tijerina, el cantante de los Cadetes de Linares, quien cuando se topó a la entrada de la casa a un sujeto que por su descripción parece ser «El Grande», les ordenó: «canten corridos del norte a mi Tío».

De todos los repertorios, Beltrán Leyva tenía dos temas favoritos que pidió esa noche a Ramón Ayala y sus Bravos del Norte. Cantó primero el corrido de Gerardo González y entonó después «Puño de tierra»: «El día que yo me muera/ No voy a llevarme nada /Hay que darle gusto al gusto / La vida pronto se acaba/ Lo que pasó en este mundo / Nomás el recuerdo queda/ Ya muerto voy a llevarme/ Nomás un puño de tierra».

Entre el canto, Sergio Villarreal «El Grande» se apersonó con pacas de billetes verdes para Beltrán Leyva. Eran miles de dólares, a saber por las presentes.

«Nos empezaron a decir que nos quitáramos la ropa, por lo que algunas de las muchachas se desnudaron completamente y otras se quedaron con la tanga y el brasier y yo fui de las que me quedé con tanga para empezar a bailar y conforme íbamos bailando nos iban aventando bolo de billetes de 100 y 20 dólares», testimonió Priscila Reynada.

El capo provocó una lluvia de dinero, mientras una veintena de mujeres desnudas se lanzaban entre gritos al suelo por los billetes verdes, como si fueran colación de piñata. Ramón Ayala cantaba mientras otras mujeres abandonaban sus prendas.

El sonorense Gómez Guerra «El Leo», evoca aquellos momentos con la imagen de unas muchachas que «salían al patio diciendo que ya llevaban como tres días cogiendo, muy felices ellas».

* * *

Mientras desperdigaba los dólares, el capo decidió levantarse del sillón. «El señor empezó a bailar con todas las mujeres a las cuales iban desnudando poco a poco, aventando dinero al aire, siendo al parecer puros billetes de 100 dólares», dice Fidencio Covarrubias Garza, primera voz y acordeón de los Bravos del Norte.

A «El Barbas» se le ocurrió jalar a un integrante del grupo Torrente para que las mujeres le quitaran la camisa, mientras él continuaba en el baile y «El Grande» le pasaba más fajos de billetes. Pero Arturo Beltrán ya no era el mismo de otros tiempos y el sillón le salvó en dos ocasiones de no rodar al piso.

«Cuando de repente el señor tiró muchos dólares y todas las muchachas empezaron a agarrarlos, como todas se aventaron, el señor se cayó al sillón», dice Tania Magdalena Hernández.

La segunda caída fue la señal de que la fiesta había terminado.

«Cuando estábamos en el baile, en un momento esta persona me abrazó y caímos en el sillón, inmediatamente el sujeto rubio me separó del señor y a él le dijo ‘vámonos, vámonos jefe, ya nos cayeron’ y procedieron a salirse de la sala y enseguida se empezaron a escuchar una infinidad de disparos», relató a la PGR Yesenia Oropeza Hernández.

«¡Fuga, patrón! ¡fuga!», gritaban a la carrera los pistoleros.

Todos los testimonios de los presentes coinciden en que aproximadamente a la 1:30 horas del viernes 11 de diciembre, «La Barbie» y «El Grande» tuvieron que llevarse a Beltrán. Su «cuerno de chivo» dorado que tenía en el sillón fue lo único que alcanzó a llevarse.

«Llegó una persona y le dice al señor alto con barba y al que se dirigían con respeto: ‘Tío, vámonos’.

Y dos hombres altos entran para llevárselo, uno lo tomó del brazo y el otro lo abrazó por la espalda. Yo y mi grupo nos encontrábamos del lado derecho de los músicos de Ramón Ayala, mientras éstos estaban tocando, enseguida después de un minuto aproximadamente se escuchan detonaciones de armas de fuego», dice el relato de Jesús Escamilla Zavala, baterista de Torrente.
«La Barbie» y «El Grande» llevaron a Beltrán al estacionamiento donde había una Suburban negra, una Pick Up Chevrolet blanca y una Cherokee gris.

Eligieron la primera camioneta y arrancaron.

Afuera, un Bora GLI blanco y un Dodge plateado tipo Journey, fueron abordados por sicarios para servir de muro de contención contra los marinos.

Tras la huída de Beltrán, en medio del fuego cruzado quedó un BMW plateado, donde murió fulminada Gabriela Patricia Pintado Terroba, alguien ajena a los hechos y que según el parte informativo de la Armada «circulaba en exceso de velocidad, se interpuso de manera intempestiva» en el tiroteo.

En las inmediaciones de Cerrada de los Arreates, en una barranca, un sicario hasta hoy no identificado fue liquidado.

Al irrumpir en la casona, el Grupo de Operaciones Especiales de la Armada acabó de inmediato con la vida de Mario Rojas Romero Gutiérrez y Daniel Ortiz Román.

«Las chicas que estaban igual tiradas al piso estaban gritando y llorando, los músicos gritaban ‘no disparen, somos músicos’ escuchando que desde adentro de la casa disparaban hacia afuera de la misma», relata Juan José Tamez Chavarría, mánager de Ramón Ayala.

Osmayda Nalleli Casarrubias recuerda: «Ellos comenzaron a insultar y gritar que éramos unas putas y mire que empezaron a golpear a dos muchachas y ellos gritaban que no les pegaran, que eran músicos».

Quien más se quejó ante la PGR fue Mario Marichalar, de los Bravos del Norte, que acusó a uno de los marinos de apropiarse de su reloj Michael Kors «¡Qué joyitas cargas!», le dijo con sorna el militar.

«Después uno de ellos me jalaba la cadena y me lastimaba el cuello, le dije que yo me la quitaba y seguía jalándome la cadena y le volví a decir que yo me la quitaba y que la saqué por encima de la cabeza y se la entregué, esa cadena es de tejido chino y de un valor de mil 500 dólares.

«Otro soldado me decía al oído en voz baja que me quitara el anillo, si no me iba a volar el dedo y ese anillo es de mi matrimonio, el cual tiene 3 diamantes y un valor de 6 mil dólares, y otro anillo con mi inicial «M» y tiene diamantes chiquitos con un valor de alrededor de 500 dólares y una esclava de oro con tejido chino, igual que la cadena, con un valor de 4 mil 500 dólares, siendo estas joyas que me las quitaron los soldados», manifestó Marichalar.

Arturo Beltrán Leyva logró huir esa madrugada, pero sus horas estaban contadas. Más de uno de los detenidos en la posada ya lo habían acompañado en el conjunto residencial Altitude, lugar que el capo eligió como guarida.