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Dos estudiantes, 2 narcos y una vedette, la historia del “robo del siglo” en México

Desde hacia meses dos estudiantes de veterinaria habían estado visitando constantemente el Museo Nacional de Antropología e Historia en México en Ciudad de México.

Dos estudiantes, 2 narcos y una vedette, la historia del robo del siglo en México

Durante sus recorridos tomaron fotos y detectaron algunas de las piezas más valiosas.  El 25 de diciembre de 1985, Carlos Perches Treviño y Ramón Sardina García decidieron aprovechar la noche de Navidad, entrar al lugar por los ductos de aire acondicionado y realizar en tres horas uno de los robos más extraños y escandalosos en la historia de México.

El hurto de más de cien piezas arqueológicas es recordado todavía como el despojo más grande hecho al patrimonio arqueológico mexicano. La preocupación del gobierno no sólo era por el robo sino porque ninguna de las piezas tenía seguro. Una sola, un mono de obsidiana en forma de vasija, tenía un valor estimado de USD 20 millones.

Por su tamaño, las piezas eran fáciles de transportar. Las autoridades de México, Estados Unidos y Europa emitieron toda una serie de alertas, ya que el robo se había desarrollado en medio de una ola de sucesos similares en distintos museos del mundo, pero no se tenía pista alguna.

En el museo no había alarmas y los ocho policías que cada dos horas debían hacer rondas por todas las salas no se dieron cuenta porque habían estado festejando en una de las áreas.

Las primeras pistas

Los jóvenes vivían en un suburbio cercano a la capital del país y eran estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México, organizaron el robo de tal forma que las autoridades pensaran que había sido obra de una banda organizada.

Como parte de las investigaciones se desató toda una persecución de coleccionistas privados en el puerto de Acapulco, los estados de Quintana Roo, Yucatán, Michoacán y la frontera con EEUU, pero la realidad era que los estudiantes habían llevado las piezas a casa de uno de ellos y las habían guardado en una maleta de lona que dejaron en un clóset.

Los primeros detenidos fueron guardias y empleados del museo ante la hipótesis de que robo se había hecho bajo pedido de traficantes pues 94 de las piezas desaparecidas eran de oro.

Entre lo robado estaba casi la totalidad de una ofrenda encontrada en la tumba de Palenque (una zona arqueológica en la selva de Chiapas), objetos de oro de la cultura mixteca, un pectoral de oro, máscaras de mosaico y piezas de jade, entre otros.

Ante la falta de pruebas, la Fiscalía federal tuvo que dejar en libertad a los detenidos. La Asociación de Amigos del Museo Nacional de Antropología ofreció una recompensa de 50 millones de pesos (USD 2,6 millones) a quien diera datos precisos para dar con el paradero de las piezas y los culpables del robo, pero nadie decía algo.

Así pasaron los meses y con la celebración del Mundial de México 1986, entre el 31 de mayo y el 29 de junio, el robo al museo quedó casi en el olvido.

Lo que se debatía aún era el número de objetos robadas, pues en su informe inicial la Fiscalía había señalado que faltaban 140 piezas, pero en el catálogo que de distribuyó a nivel mundial para su búsqueda se mencionaban solo 124, y después se señaló que eran 120.

El narco delator

Meses después del Mundial, Carlos viajó al puerto de Acapulco donde conoció a José Serrano, un narcotraficante de esa época, y a su novia, la “Princesa Yamal”, una bailarina conocida en el ambiente del cabaret.

El joven el confesó al narcotraficante que había sido uno de los autores del “robo del siglo”. Como era adicto a la cocaína, empezó a trabajar con él en la venta de la droga, gracias a lo cual sus vacaciones en Acapulco se prolongaron por dos años.

Serrano lo presentó con otro narco llamado Salvador Gutiérrez, “El Cabo”, quien les habría ofrecido ayuda para vender las piezas arqueológicas, pues el valor estimado rondaba los USD 1.000 millones, lo que representaba un negocio lucrativo para los tres.

Ninguna pudo ser puesta a la venta porque “El Cabo” fue detenido en la ciudad de Guadalajara el 1 de enero de 1989, a cambio de conseguir algún trato preferencial ofreció a las autoridades mexicanas información sobre un caso muy “famoso”.

Gracias a la información que entregó, según reseñó el diario El Universal, fue posible dar con el paradero de Serrano y Perches, a quienes la policía estuvo siguiendo durante varias semanas.

Carlos Perches había regresado a Ciudad de México en abril de 1989, pero a su paso había dejado rastros de su participación en el robo: a Serrano le había comprado cocaína con dos de las piezas robadas, mientras que a su cómplice el otro estudiante, le había pagado con siete objetos.

Finamente, el 10 de junio de 1989 fue detenido junto con otras seis personas, entre ellos su hermano Luis, la “Princesa Yamal”, un estadounidense de nombre Gari Nathan Clevenger y una argentina llamada Cristina Gloria González.

A Carlos y su hermano se les consignó como presuntos responsable del robo y delitos contra la salud; a la vedette por encubrimiento y delitos contra la salud al igual que al estadounidense. El resto fueron acusados sólo por encubrimiento.

“Resulta que eran amateurs, dos jóvenes que habían abandonado la universidad que primero se obsesionaron con tener las piezas y luego con venderlas”, dijo entonces una fuente de la fiscalía a The Washington Post.

Hasta ahora se desconoce cuál fue el verdadero motivo para robar el museo porque Perches fue asesinado luego de permanecer una década un la cárcel. Su cómplice, Ramón Sardina, desapareció junto con las piezas arqueológicas que recibió como pago, y Serrano falleció en un tiroteo con la policías.

La “Princesa Yamal” cumplió su condena, pero siempre ha señalado que desconocía que Carlos era uno de los ladrones del museo.

El gobierno de México sólo pudo recuperar 111 de las piezas robadas.

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