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A un año de la ejecución de Javier Valdez, el recuerdo, la protesta y la esperanza del periodismo posible

Al mediodía del 15 de mayo de 2017, la noticia se esparció por todas las redes de comunicación que los periodistas en México han formado en medio del estado de violencia.

A un año de la ejecución de Javier Valdez, el recuerdo, la protesta y la esperanza del periodismo posible

Que los acecha con más saña desde hace al menos 12 años, “Mataron a Javier”, decía el mensaje que saltaba en el Whatsapp de los teléfonos celulares. No hacía falta el apellido porque todos compartíamos su nombre como si fuera familia. Lo que no sabíamos, lo que no queríamos saber, es que a él también pudiera pasarle. “¿Cómo crees? Es Javier, chingao”. “No mames, él no”. “No puede ser…” “¡Ya basta!”.

Los periodistas mexicanos llevan todos estos años sorprendiéndose con la historia repetida más de 130 veces: el número de asesinados en un gremio que ha aprendido, por indignación repetida, a decir “uno más”, “otra vez”,  Las palabras de sorpresa parecía que se les habían agotado en el catálogo de víctimas cuando mataron a Javier. Pero ese día, de hace un año, la sorpresa volvió a entumirlos.

Sí, era Javier Valdez, el “mala yerba” que nunca muere, el periodista que todos querían y respetaban. Asesinado en su propia ciudad, Culiacán, a unas cuantas calles de Ríodoce, el medio que fundó junto con Ismael Bojórquez, y que fue su cuartel periodístico durante 14 años recién cumplidos en el mes de febrero anterior a su muerte.

“El día que nos rompieron el corazón”

A Javier lo mataron un lunes 15 de mayo de 2017. Ese día salió de las oficinas de Ríodoce a las 11:56. “Que Dios me bendiga”, era su frase recurrente que ese día le repitió a Óscar, el administrador de la página web de la revista y el último que lo vio con vida. “Y que además te agarre confesado”, le dijo al periodista.

Óscar, según el testimonio de Ríodoce, “recuerda la hora porque iba a recoger a su hijo a la escuela, pero justo antes de salir recibió un Whatsapp de su mujer diciéndole que no fuera porque ella ya lo había recogido. Se detuvo en seco en la entrada y fue cuando se topó con Javier, quien ya iba de salida”. Esa fue la última vez que lo vieron en la revista.

Apenas unos 5 minutos después entró a la oficina de Ríodoce una vecina del edificio. Desesperada, les dijo que habían baleado a uno de sus compañeros. “¡Al del carrito rojo… al señor del sombrero… lo acaban de matar allá afuera!”, gritó.

Lo que siguió fue una mezcla de confusión y desesperación. De Ismael que se topó con el amigo tirado bocabajo en un charco de sangre, todavía con su sombrero. De todo el pequeño equipo de Ríodoce que corrió la cuadra que los separaban de la escena. Dejaron su cuerpo y se llevaron su auto apenas unas calles más.

Cuando hallaron su Toyota Corolla 2012 color rojo, estrellado y abandonado sobre la banqueta, todavía estaba encendido y con la palanca en Drive. Adentro estaba su mochila sin su computadora. Se la habían llevado. “Doce disparos le habían pegado a Javier para arrancarle la vida. Doce tiros después de las doce”, escribió Ríodoce el 22 de mayo, una semana después de su asesinato.

El “morro” que le quitó la vida

Casi un año tardaron las autoridades en detener a uno de los tres presuntos asesinos materiales de Javier. Se llama Heriberto, tiene 26 años y le dicen el Koala, porque cuando fuma mota (marihuana) se queda dormido.

Detenido en Tijuana, a donde huyó después del crimen, trabajaba como peón, a veces como albañil o plomero, y vivía con su suegro. Pero extrañaba matar, según conversaciones que las autoridades obtuvieron al intervenir su teléfono celular.

De qué otro modo podía ser si el Koala es sicario. Un joven que mató a Javier por una pistola 9 milímetros que en los costados de las cachas llevaba las imágenes de Dámaso López Núñez y Dámaso López Serrano, El Licenciado y el Mini Lic, el padre y el hijo que disputaban el control del Cártel de Sinaloa al hermano y a los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán.

Pero el Koala no sabía a quién iba a matar hasta que la noticia estalló. Él, que no sabe leer ni escribir, había matado al periodista que conocía bien a los que, como él, habían aprendido a matar desde muy jóvenes.

En “Los morros del narco”, libro escrito por Javier, tal vez el “Koala” hubiera hallado su propia historia. La historia “de esos adolescentes que viven embrujados por la riqueza y la droga; niños que sueñan con tener entre sus manos un arma para ser respetados por los compañeros del colegio, niños que asesinan a rivales en juegos sin sentido, niños que quieren matar a su madre por falta de cariño. (…) son carne de cañón y soplones, son verdugos y víctimas, son el ardor rebelde de los nuevos sicarios y la certeza de que el futuro es un balazo: son niños y jóvenes metidos hasta la entraña en el narcotráfico”.

Con su detención, el caso no está ganado. No solo falta comprobar si los Dámaso ordenaron la muerte de Javier. También hay fragmentos de la historia del Koala que aclarar, según su abogado defensor, pues el peso de la acusación en su contra viene de un testigo protegido y de las llamadas intervenidas. Las autoridades tienen 4 meses para comprobar su responsabilidad.

Hay otros dos presuntos cómplices que son Luis Idelfonso Sánchez Romero, el Diablo, y Juan Francisco Picos Barrueto, el Quillo.

El Diablo fue asesinado y calcinado el 29 de septiembre del año pasado en San Luis Río Colorado, Sonora, mientras el Quillo fue detenido el 24 de agosto de 2017 en Mexicali, en posesión de armas y cartuchos de uso exclusivo del Ejército, Armada y Fuerza Aérea, y se encuentra recluido en un penal de esa ciudad fronteriza.

Pero hasta que fue detenido el Koala se supo de su posible participación. A los tres la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión (FEADLE) los vincula con el grupo de los Dámaso López.

El periodismo que todavía es posible

A los periodistas mexicanos los resultados de la investigación no los satisfacen. Tienen razón. En los archivos de los 130 asesinatos de periodistas se acumula la impunidad en casi 90% de los casos, de acuerdo con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

Por eso organizaron una Jornada Nacional de Protesta que tiene como epicentro la ciudad de Culiacán. Allí, desde el pasado sábado, Ríodoce, organizaciones de periodistas y medios llevan a cabo una serie de actividades que concluirán el día 16 de mayo, en memoria de Javier.

Hoy la más importante de las actividades será la marcha convocada para exigir justicia y el esclarecimiento del caso. La manifestación Justicia para Javier, Justicia para todos partirá a las 5 de la tarde de la catedral de la capital de Sinaloa a la sede de la Fiscalía de Sinaloa. También se llevará cabo una protesta gráfica, y la periodista Carmen Aristegui ofrecerá una conferencia magistral.

Al día siguiente, el miércoles 16 de mayo, los periodistas reunidos en Culiacán llevarán a cabo un conversatorio a puerta cerrada. El gusto que le daría a Javier verlos allí. A esos periodistas que no silencia la muerte ni la violencia. A los que entrevistó para su libro Narcoperiodismo.

De ese libro, en una entrevista, Javier resume en una frase lo que ha sucedido con los periodistas mexicanos en estos años de violencia: “Hablamos del periodismo posible en condiciones imposibles”.

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